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Concurso de Cocina Criolla

Lunes, 9 Septiembre 2013 - 7:41pm

11:00 de la mañana del día Sábado y olvidando las copas de la noche anterior, me dirijo al colegio San Miguel de los Andes, ubicado en Puente Alto. ¿Razón? Una bonita invitación extendida por la directiva del establecimiento para que Pebre formase parte del jurado en lo que sería un novedoso concurso de cocina criolla.

Es difícil explicar lo que se siente al ver un movimiento como éste. Prácticamente todo un colegio reunido para celebrar a la patria: comida por montones, bailes cada 10 minutos y niños, muchos niños, corriendo y jugando felices. Mientras, sus padres ansiosos y nerviosos ya que se acercaba la hora para dar inicio a un nuevo desafío: el concurso de cocina criolla.

¿Cómo? Los alumnos de cada curso se reunieron para investigar sobre la gastronomía criolla, tanto chilena como extranjera, para así definir en conjunto cuál sería la que los representaría. Luego de esto, son los padres quienes recibieron el reto de elaborar una receta típica de la cocina elegida por sus hijos.

“El trabajo es de todos. Los niños investigan y después los papás nos ponemos la camiseta por el curso de nuestros hijos, preparando recetas que incluso algunos jamás hemos probado”, comenta una apoderada.

La cosa comenzó a eso de las 12:30. Alrededor de 25 platos se montaban para degustar. Cada curso había adoptado un espacio que luego sería adornado por decoraciones hechas por los niños y que tendrían armonía con respecto a la receta y su origen.

¡Y partimos! Pescado, pastel de papas, pulmay, cebiche y empanada son sólo parte de lo que nos dispusimos a probar y evaluar. Cada “stand” era representado por uno o dos apoderados del curso, quienes debían explicar el por qué de la receta y también el cómo.

Ahí es cuando una descubre los sabores secretos de la cocina criolla, cuando comienzan a explicar cómo elaboraron sus platos, te das cuenta de que son procesos sagrados y muchas veces, heredados. También es grato saber que muchas de las recetas son parte del menú diario de sus familias y que la cocina en sus casas es la que reúne y alegra.

Ya con la guatita llena y ¡por Dios qué llena! el resto del jurado y yo nos dirigimos a conversar con respecto a nuestras visiones y opiniones. No fue fácil llegar a un acuerdo, ya que cada plato representaba un sabor y origen especial, pero como en todo concurso, existe un solo ganador. Aún así, con o sin premio, ver cómo un colegio pone todas sus energías en desarrollar un concurso de nivel y en pro del fomento de nuestra cultura, es sin duda una recompensa para cada apoderado, especialmente al reconocer el establecimiento de sus hijos como un espacio íntegro y atrevido.

Tras la premiación, no logré encontrar adjetivos para describir cuan agradecidos estaban los académicos del colegio con nuestra participación. “Perdona por tantos mails, pensamos que no llegarías”, me comenta una profesora, dando a entender la falta de apoyo y compromiso por parte de otras entidades. Sin embargo, esta carencia no es obstáculo para ellos, puesto que la fuerza e interés por enseñar y potenciar lo nuestro no se queda atrás.

Una bonita y emotiva experiencia…Y tal como dije aquel día: hay interés, hay ganas y hay sabor.

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